Desde hace rato noté una analogía en el proceso mental que se sigue para escribir ficción—cuentos cortos o novelas—y el proceso que se sigue para escribir software.
Creo fervientemente que el crear software es mitad arte y mitad ciencia, favoreciendo fuertemente al arte.
Algunos de los mejores codificadores que conozco tienen bastante de bohemio. Les piden un sistema o un requerimiento, y pasa una semana… dos semanas quizá y los ves sin hacer nada, tranquilos como si ponderaran la cantidad de hojuelas que trae la caja de Corn Flakes que se comieron en la mañana… Se echan un café o una chela—dependiendo de la hora del día—y ponderan otro rato más. De pronto, en una sentada de 1 o 2 horas se sueltan vomitando código que a un mortal le parecería inicialmente indescifrable, pero al inspeccionarlo de cerca resulta ser compacto, eficiente y genial.
Sin embargo, la mayoría de nosotros—creo—no somos así, más bien somos como los escritores normales, que tienen que aprender semi-sistemáticamente a evolucionar sus ideas.
Así que ahí les va un cuento y les dejo a ustedes sacar las similitudes. Cualquier coincidencia con cómo se desarrolla—o debería desarrollarse—el software no es mera coincidencia.
Las aventuras de Pito PérezPito Pérez es un joven—ni tan joven—de treinta y tres, chaparro, medio regordete, prieto pa’ acabarla, ah pero eso sí, muy hábil con las viejas. Tiene aspiraciones de escritor, pero en realidad trabaja para el Municipio en el departamento de tránsito entregando placas, porque es el único lugar donde le sirve su título de Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Técnica Regional del Norte del Tercer Mundo.
Un día se le ocurre la genial idea de convertir sus aventuras
teiboleras en un cuento corto. En uno de los alucines que tuvo se imaginó que las señoritas que bailaban en esos establecimientos eran literalmente de otro planeta: con solo una sonrisa y una enseñadita de nalgas, convertían a los hombres débiles (osea el 99% de ellos) en
zombies descerebrados de quijada abierta que obedecían ciegamente a sus comandos, les daban todo su dinero y hacían únicamente lo que ellas querían.
Claro que también habría en la historia un héroe—basado en él por supuesto—que era inmune a las emanaciones feromónicas de la raza de viejas extra-pechugonas extra-terrestres que amenazaban con dominar el mundo.
“Esa es la trama, a grandes rasgos”, pensó él, aunque en realidad no tenía ni *** idea de exactamente qué quería ni a dónde iría con la historia.
Con voz de anunciador de la serie viejita de Batman en su cabeza se escucha:
“¿Serán suficientes para nuestro héroe las katas mágicas que le aprendió al David DeAngelo en persona? ¿Logrará nuestro héroe dominar esta amenaza a la civilización, salvar al planeta y hacerse de un súper-harem? No se pierdan el próximo capítulo de Las Aventuras del Gran Pit…, ¡ah caray! Como que no es bueno ese título, ¿verdad?”
.En fin, ya en pleno trance creativo se sienta a escribir la historia. “Lo más importante para escribir una historia es sentarse a escribirla”, le enseñó su profesor de la facultad de artes y ciencias políticas.
Y después de 10 páginas de prosa sin censura, sin siquiera revisar la ortografía, saca un primer borrador. Como le enseñaron en la Uni, cambia su “cachucha de escritor” por la “cachucha de revisor” y comienza a disectar la historia, con la agudeza de un cirujano plástico. Se da cuenta que el primer borrador apesta,
gacho. Pero está bien, porque como le dijo su profe de ficción, “un primer borrador
debe ser malo”.
Dos días después, acaba de cortar la mitad de la paja a la historia, de re-escribir párrafos enteros y de reacomodar la trama y el cierre para dar un efecto más dramático, aunque se parezca a la película del Sexto Sentido. Y contento y feliz con su gran obra maestra la manda a la revista
TVyNovelas para ver si la publican. “Digo si publican las hazañas de la Gloria Trevi, seguramente les interesará mi historia, y si no, se las mando a los de Reader’s Digest ¿no?”.
Unas 2 semanas después recibe una carta del editor de
TVyNovelas diciéndole que le encantaría publicar su cuento, pero que ve “áreas de oportunidad”:
“Estimado Sr. Pérez: bla blah bla, bla blah… nos interesó su historia… bla blah blah … Si logra bajarle otras 2 páginas y se deshace del personaje mamilas del DJ chilango que se la pasa haciendo ridiculeces, entonces tendrá una historia que estaríamos orgullosos de publicar.”“¿Deshacerme del Frank? ¿Qué están locos? ¡Piden a un
artista cambiar su arte, jamás!”
Pero después de humear 3 días sintiéndose el regalo de Dios a la literatura castellana—después de Octavio Paz, claro—le gana la ambición del reconocimiento y el deseo de que su cuento sea publicado. Hace las modificaciones solicitadas por el editor y se da cuenta que en realidad sí quedó una mejor historia.